“La extraño. Todas las noches tengo que
tocar debajo de la frazada para darme cuenta de que no está”, me dijo y se
largó a llorar.
Setenta y ocho años, eso es lo que dice
su antigua libreta de enrolamiento. Setenta y ocho años, de los cuales cuarenta y cinco pasó junto a la misma
mujer: mi mamá; dos hijos, dos nietas y una gata; una casa,
que ahora es solo de él y que cada día le parece más grande; una enfermedad neurológica que lo hace depender de los demás mucho más de lo que él
quisiera.
Hombre fuerte, valiente, que
siente pudor por mostrar debilidad frente a mí; se supone que él tiene que
protegerme, aunque, en realidad, los dos sabemos que los roles se invirtieron
hace muchos años.
Lágrimas,
guardadas por demasiado tiempo, tapan esos ojos celestes, llenos de bondad. Se escucha un ladrido en el patio, él me mira y me dice: “Menos mal que te tengo a vos”. Y yo lo abrazo y trato de
recordar al héroe que alguna vez fue. Y también lloro; lloro por él, por mí y
por lo que ya no es.
"Héroes" - Los 7 delfines