El mismo mensaje se repite:
“No pude dormir. Me llamaron del trabajo. Tuve que volver”.
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| Artista: Jean Jullien |
Ella no puede apartar la vista de la pantalla. Lo sabés
porque la estás observando. Es más, vos también leés el mensaje una y otra vez.
Y te resulta una tarea imposible dejar de mirar ese rectángulo brillante.
Advertís cómo ella hace movimientos ascendentes y descendentes con su pulgar,
como si en esa simple acción se encontrara el secreto para poder recibir la
explicación que le falta.
¿Qué pudo haber pasado para que se fuera así? ¿Qué es lo que
no puede contarme? ¿Por qué elige esas tres breves oraciones para resumir la
historia? Y los fantasmas aparecen sin que nadie los haya llamado. ¿Me está
mintiendo? ¿Realmente volvió al trabajo o está yendo a otro lado? ¿Por qué
sigue apareciendo “en línea”, pero no me responde? ¿Con quién habla? ¿Tiene
tiempo para “charlar” con alguien más, pero no conmigo?
Y notás que se inquieta, que la ansiedad está ganando la
partida. Punto para ese sentimiento que tanto nos cuesta manejar. Le empieza a
escribir. Se arrepiente y lo borra. Porque esa es la ventaja de estar
escondidos detrás de la pantalla. Pensar, repensar; escribir, borrar y escribir
otra vez. El círculo se repite, interminables veces. Hasta que no aguanta más y
le pregunta: “¿Con quién estás hablando?”.
Y vos pensás que, quizás, del otro lado hay una persona que tan
solo no tuvo la posibilidad de responder con la inmediatez que se le exige, que
se nos exige en estos tiempos en los que, paradójicamente, estar conectados nos
desconecta aún más.

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