sábado, 24 de octubre de 2015

Dream on

La anciana cuidaba de la niña todos los días. Quién era, no lo sé. Solo sé que cada día repetía la misma rutina. La llevaba al colegio, se quedaba en la puerta hasta verla adentrarse y, luego, regresaba arrastrando los pies al caminar; quizás por su ya avanzada edad, quizás porque esa era su costumbre: no levantar los pies. Llegaba a su casa, llenaba la bañera (¿o acaso la vaciaba?) y después se preparaba para volver a realizar el trayecto hacia la escuela. Así, cada mañana.

Sin embargo, un día decidió romper con su automatismo. Se fue de la casa cuando todavía era de noche y se tomó un tren —no estoy segura de lo que habló con el maquinista; creo que, en algún momento de su monólogo, dijo: “Pensilvania”—. Estaba sola. Nadie viajaba a esa hora.

Cuando llegó todavía era de noche. Quería visitar la ciudad de sus recuerdos, aquella que había abandonado cuando ninguna arruga atravesaba su rostro. Sin embargo, lo que halló no era lo que recordaba. En la neblina matinal, le costaba distinguir el paisaje a su alrededor. Ansiaba encontrarse con los robles y los fresnos que rodeaban las vías del tren; no obstante, lo único que pudo ver fueron cadáveres. Ni quince, ni cincuenta. Cientos de cadáveres por todos lados; hacia donde mirara, lo único que reconocía eran cuerpos apilados.


A pesar de las advertencias del  maquinista para que regresara, la mujer comenzó a alejarse cada vez más y más, como si un imán la atrajera hacia las pilas de muertos. Primero, se fue acercando con cierta dificultad; luego, fue adquiriendo mayor seguridad en sus pasos. Hasta que, finalmente, desapareció en la niebla y se reunió con ellos. Ella. O tal vez era él.

Imagen extraída de Pinterest


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