La anciana
cuidaba de la niña todos los días. Quién era, no lo sé. Solo sé que
cada día repetía la misma rutina. La llevaba al colegio, se quedaba en la
puerta hasta verla adentrarse y, luego, regresaba arrastrando los pies al
caminar; quizás por su ya avanzada edad, quizás porque esa era su costumbre: no
levantar los pies. Llegaba a su casa, llenaba la bañera (¿o acaso la vaciaba?)
y después se preparaba para volver a realizar el trayecto hacia la escuela.
Así, cada mañana.
Sin embargo,
un día decidió romper con su automatismo. Se fue de la casa cuando todavía era
de noche y se tomó un tren —no estoy segura de lo que habló con el maquinista;
creo que, en algún momento de su monólogo, dijo: “Pensilvania”—. Estaba sola.
Nadie viajaba a esa hora.
Cuando llegó
todavía era de noche. Quería visitar la ciudad de sus recuerdos, aquella que
había abandonado cuando ninguna arruga atravesaba su rostro. Sin embargo, lo
que halló no era lo que recordaba. En la neblina matinal, le costaba distinguir
el paisaje a su alrededor. Ansiaba encontrarse con los robles y los fresnos que
rodeaban las vías del tren; no obstante, lo único que pudo ver fueron
cadáveres. Ni quince, ni cincuenta. Cientos de cadáveres por todos lados; hacia
donde mirara, lo único que reconocía eran cuerpos apilados.
A pesar de
las advertencias del maquinista para que
regresara, la mujer comenzó a alejarse cada vez más y más, como si un imán la
atrajera hacia las pilas de muertos. Primero, se fue acercando con cierta
dificultad; luego, fue adquiriendo mayor seguridad en sus pasos. Hasta que,
finalmente, desapareció en la niebla y se reunió con ellos. Ella. O tal vez era
él.
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| Imagen extraída de Pinterest |

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