sábado, 24 de octubre de 2015

Blackened

Auriculares. Música fuerte. Trato de entonar lo mejor posible la canción que escucho. ¿Me importa si suena mal? Caminatas de domingo por la noche. No es algo que solía hacer, pero hace un tiempo se volvió un rito. El horario que elijo es ese en el que las familias se preparan para la rutina de la semana y las madres empiezan a preparar la cena, los guardapolvos, las mochilas para sus hijos. Ese horario en el que vas a una plaza y te encontrás con el último paseo del día de los perritos de moda que viven en departamento. Porque los otros perros siguen paseando a su antojo, sin horario para volver a casa. Como yo.


Hoy no fue diferente. O sí. Algo lo hizo distinto. Caminando sumergida en el sonido de mi propia voz que intentaba seguir una letra, sentí que algo me rozaba la pierna, como si quisiera detenerme. No quería que yo siguiera avanzando, quería que mirara hacia abajo, que lo encontrara. Así hice. Y así lo vi. Dicen los que no saben que son de mala suerte. Negro, flaco, dócil. Empezó a llamarme con un tono alarmante. Creo que intentaba explicarme que quería una caricia. Obedecí, como hacemos todos ante ellos (porque tenés una idea equivocada si pensás que ellos te obedecen a vos). Nos conectamos unos segundos, segundos que alcanzaron para ese deseado intercambio. Después, nos despedimos en la esquina, ese lugar donde transcurren las despedidas. 

Ilustración de Kiyoshi Saito

No hay comentarios:

Publicar un comentario