4104 horas equivalen a 171 días, que a su vez
equivalen a 5,7 meses: un cálculo matemático bastante simple, a decir verdad.
El motivo principal de este cómputo es dar cuenta del tiempo que llevo perdido,
en los últimos seis años de mi vida, viajando en transportes públicos; en su
mayoría colectivos y trenes (el subte no es de mi agrado). A eso hay que
sumarle los obstáculos diarios que debemos superar quienes utilizamos estos
medios con frecuencia. El viaje no es una tarea fácil, sea cual fuere el
horario en el que se efectúe. Tampoco podemos olvidar las leyes de Murphy
que rigen nuestra vida cotidiana: “Lo que pueda salir mal, saldrá mal”. El
viernes 9 de marzo del 2012 no fue la excepción a la regla.
En agosto del 2011 había sacado entradas para ir a
ver The Wall, el recital que Roger Waters iba a realizar, en el estadio
de River Plate, siete meses después. Ansiosa y un poco preocupada por no saber
si iba a poder conseguirlas, las compré por Internet media hora después de que
salieran a la venta. Quizás fue una acción un tanto apresurada teniendo en
cuenta que la cantidad de shows se extendió a nueve; aunque los que sientan la
misma pasión que yo, de seguro, no van a juzgarme por eso.
Unos días antes de la tan esperada fecha, la
ansiedad llegó para quedarse. No podía pensar en otra cuestión que no fuera el
espectáculo que iba a presenciar ni tampoco escuchar otro disco que no fuera el
de Pink Floyd. Desde la mañana de ese mismo viernes, con quien iba a ser mi
compañero de ruta, comenzamos a tejer estrategias sobre nuestro viaje. El
recital iba a empezar a las nueve de la noche; sabíamos de la puntualidad
inglesa del señor Waters, la cual respetaba a rajatabla como si se tratara del five
o’clock tea. Queríamos llegar con tiempo para conseguir una buena ubicación,
ya que nuestro presupuesto no nos había permitido sacar entradas para el campo vip.
Desde nuestro punto de partida, existían dos
opciones para ir de la zona oeste a la zona este de la ciudad. Cálculos, mapas,
trayectos. Al final, después de analizar las ventajas y desventajas, nos
decidimos por la alternativa que creímos que iba a ser la más rápida. El
estadio de River nos esperaba. Tomamos el colectivo 181 que nos dejó en la
estación de tren de Ramos Mejía y ahí otro que nos llevó hasta la intersección
de las avenidas Santa Fe y Juan B. Justo, el conocido Puente Pacífico. Una hora
y media después estábamos cerca de nuestro destino final, pero todavía faltaba
para llegar. La verdadera odisea recién se iniciaba.
Solo restaba tomar un colectivo más que nos llevaría
hasta las puertas del estadio. Pero hubo algo que no habíamos considerado: el
famoso embotellamiento. La ciudad era un verdadero caos. Los autos no
avanzaban; los conductores hacían sonar sus bocinas, como si estas pudieran
ayudarlos a recuperar los minutos perdidos; las sirenas de las ambulancias resonaban
en nuestras cabezas; y la gente pululaba en las calles, como sabandijas que se
multiplican rápidamente en un determinado lugar. La posibilidad de subirnos a
un colectivo quedó descartada. Quisimos tomar un taxi que nos acercara lo
máximo posible, pero también ese intento fue fallido. Los pocos taxistas que
nos cruzamos se negaron a trasladarnos a esa parte de la ciudad.
Debíamos tomar una decisión, y tenía que ser rápido;
solo faltaban cuarenta minutos para que las luces de River se apagaran y Roger
Waters se presentara frente al público. Decidimos caminar las cuarenta cuadras
que nos separaban del tan esperado show de la manera más veloz posible. Pero el
clima no nos ayudaba, el húmedo verano de Buenos Aires aún no se había
marchado, y eso sumaba otro impedimento a la travesía.
Nuestro escaso conocimiento de la zona, sumado a las
falsas indicaciones de las personas consultadas, hizo que diéramos más vueltas
de las necesarias y tomáramos el camino más largo. Cada cuadra caminada
correspondía a una consulta a mi reloj. Y al ver que los minutos pasaban y que
todavía quedaba mucho camino por recorrer, comencé a desesperarme. Pensé en la
posibilidad de comprar una entrada para el día siguiente: por nada del mundo
quería perderme el comienzo del espectáculo. Así, mientras casi trotábamos, mi
cabeza iba imaginando distintas opciones.
Llegamos a la avenida
Libertador, aún nos restaban algunas cuadras. Necesitábamos averiguar por dónde
nos correspondía ingresar. Nuestros tickets eran para la general
(normalmente conocida como la popular) y no todos entrábamos por el
mismo lugar. Después de consultar con la gente de seguridad, nos dirigimos a la
puerta indicada. Cuando estábamos a unos doscientos metros de distancia,
comenzamos a escuchar los aplausos de las personas que ya estaban adentro.
Entonces sí empezamos a correr a toda velocidad, ya que creíamos que todos
nuestros intentos de llegar a tiempo habían sido en vano.
Subimos —todavía
corriendo— los cien metros de escalera que nos separaban de nuestra ubicación y, cuando
llegamos al último escalón, nos faltaba el aliento. Ninguno de los dos estaba
en óptimo estado físico para finalizar con dignidad el itinerario. Para nuestra
tranquilidad Waters aún no había salido a escena. Nos ubicamos en el único
lugar disponible que quedaba, ya no teníamos mucho para elegir.
Menos de cinco minutos
después, las luces del Monumental se apagaron y el tema “In the flesh” comenzó
a sonar en nuestros oídos. De ahí en más ya no hay mucho para contar: magia
pura que contrarrestaba cualquier mala experiencia de viaje. Lo que pueda salir
mal, quedará para otro día.