lunes, 16 de noviembre de 2015

¡Apagá!

Relajo, o eso es lo que creo. Intento. Sigo intentando. Ese ejercicio de vocalización no puede ganarme. No se lo puedo permitir. Si es solo eso: un ejercicio. Trato de dar lo mejor de mí, como siempre, aunque creo que, a veces, puede ser un problema. Lo pienso. Pero no tendría que pensarlo, solo tendría que hacerlo. Al fin y al cabo, producir sonidos con la voz no es para pensar, sino para sentir. Pero no puedo evitar racionalizar cada cosa que hago. Shit! “Te juro que lo estoy intentando”, digo. No sé si del otro lado me creen, pero me tienen paciencia. Quiero ponerme a patalear, ganas no me faltan. Pero hace años dejé de hacerlo. Además, no quiero que el adulto a mi lado se asuste con mi accionar. Ahí voy, una vez más, esta vez me sale… seguro. Me lo digo a mí misma, pero también lo digo en voz alta, como para convencerme. Failed! La paciencia se me está terminando (en realidad, te miento si te digo que la tengo; la ansiedad es lo que me caracteriza). Ahora sí. Basta. Quiero agarrar mi bolsito y que toda esta farsa se termine. Pero después me acuerdo de que son solo 60 minutos, entre horas y horas de rutina semanal, que logran sacarme de cualquier realidad y darme un ratito de, lo que yo considero, felicidad. “¡Apagá la mente ya!”, interviene el adulto que me acompaña cuando se da cuenta de  mi lucha interna. Y cuánta verdad encierran esas cuatro palabras. Le hago caso, de manera instantánea. Ahí va… ahí voy. Done! Esta vez no pudiste conmigo, querida razón.  

Imagen extraída de Pinterest

jueves, 5 de noviembre de 2015

Lunes otra vez

Lunes, el día innombrable. Intentás, por todos los medios posibles, que no se te note tanto el odio irracional hacia un simple día del calendario pero, para ser sinceros, no te lo creés ni vos misma. 

Empezás la rutina lo mejor posible. Tratás de no hablarle mal a todo ser humano que se cruce por tu camino. Te asegurás de que el iPod tenga suficiente batería (no querés que se desate ninguna tragedia mundial) y comenzás el viaje.

Como siempre, te sumergís en lo que te ofrece la biblioteca musical y en alguna lectura: la forma más amena de aprovechar la hora y media de viaje. Cuando el recorrido está casi por terminar, te das cuenta de que, al sonido de tus auriculares, se le suma otro más real. No te resistís demasiado. Te los sacás. Se puede suspender tu viaje por un instante. Y ahí los escuchás a ellos: una parejita (ambos bastante más jóvenes y más entusiastas que vos, por supuesto) que se sube en una de las muchas paradas del Metrobús. Por lo general, te molesta que interrumpan tu cuelgue, pero este no es el caso. Están interpretando un tema de Spinetta.  Te sacan una sonrisa —y algunas monedas también—; se bajan del colectivo, y es lunes, y "todas las cosas tienen música hoy, toda la vida tiene música".

Sui Generis - "Lunes otra vez"

domingo, 1 de noviembre de 2015

The killing moon

Es uno de esos días en que sentís la necesidad de desconectar la cabeza. El trabajo se pone agobiante. Que sea noviembre no ayuda demasiado. Las llamadas telefónicas y las consultas no paran. Y llega un momento en el que no querés hablar más. Te gustaría presionar el botoncito de off, pero dentro de tu cabeza. Lo peor de todo: recién es martes. Falta mucho para el próximo descanso mental. De repente, cuando pensás que ninguna idea puede llegar, se te ocurre una: cortar la semana laboral con tu amigo y con una de esas birras terapéuticas.

Por supuesto que el itinerario lo maneja él; vos solo te dejás llevar, como hacés siempre (porque, asumámoslo, decidir no es lo que más te gusta). Después de una breve recorrida por algunos bares de Almagro (barrio que te resulta totalmente ajeno), terminás en Lo de Roberto. Una mujer tan delgadita como su voz está cantando tango y vos te dejás llevar (una vez más) por la música, por los sabores, por el lugar.

Mirás el relojito que tenés hace ocho años en tu muñeca izquierda. Es tarde. No te querés convertir en calabaza y te vas a buscar la parada del colectivo, ese que siempre te trae de regreso. Le agradecés a tu amigo el recorrido turístico, pero más le agradecés cuando te das cuenta de que ese lugar que acabás de dejar es el mismo que durante años observaste desde la ventanilla del bondi en esos miles de viajes del microcentro hacia el lejano oeste.

El 146 no se hace rogar, te subís y empezás a sentirte en tu casa. Pero la magia no termina ahí. Retomás una charla virtual, que abandonaste unas horas atrás, hasta que decidís mirar, como podés, el cielo. Y ahí la ves: cortada por la mitad (como si alguien se hubiese tomado el trabajo de medirla con exactitud milimétrica), naranja, furiosa, intensa. No podés dejar de expresar la maravilla que te causa observarla. No esperás una respuesta, solo necesitás compartirlo. Y la respuesta no llega. Pero a 70 kilómetros de distancia, en la ciudad de las diagonales, alguien también la observa, aunque en sueños. 



sábado, 24 de octubre de 2015

Koyote

Y se escapó. Esa maldita costumbre de salir corriendo. Y yo detrás, trataba de alcanzarlo antes de que cruzara la calle. No podía entender que mis piernas no tuvieran la suficiente velocidad. Me sentía torpe, lerda, imposibilitada. Y él corría con tanta libertad, esa libertad que solo es generada por días o meses de permanecer en el mismo lugar. Lo llamaba, pero no me respondía.

Cruzó la calle, sin siquiera registrar que era la hora más transitada del día. Autos y camiones iban y venían, ninguno detuvo su actividad. “Se terminó”, eso pensé. No había manera de cruzar así la avenida y poder contar el cuento. Empecé a buscarlo con la mirada, pero no lo encontraba. Mis ojos ya se estaban preparando para estallar en lágrimas cuando lo vi al otro lado de la calle; me observaba, curioso.



Atravesé los pocos metros que nos separaban en lo que me pareció una eternidad. Él estaba muy quieto, esperando el reencuentro; sabía que su proceder no había sido el adecuado. Me acerqué, de manera muy lenta, para que no percibiera mis emociones. Lo envolví con mis brazos, y la correa azul que rodeaba su cuello nos conduzco de vuelta.


Dream on

La anciana cuidaba de la niña todos los días. Quién era, no lo sé. Solo sé que cada día repetía la misma rutina. La llevaba al colegio, se quedaba en la puerta hasta verla adentrarse y, luego, regresaba arrastrando los pies al caminar; quizás por su ya avanzada edad, quizás porque esa era su costumbre: no levantar los pies. Llegaba a su casa, llenaba la bañera (¿o acaso la vaciaba?) y después se preparaba para volver a realizar el trayecto hacia la escuela. Así, cada mañana.

Sin embargo, un día decidió romper con su automatismo. Se fue de la casa cuando todavía era de noche y se tomó un tren —no estoy segura de lo que habló con el maquinista; creo que, en algún momento de su monólogo, dijo: “Pensilvania”—. Estaba sola. Nadie viajaba a esa hora.

Cuando llegó todavía era de noche. Quería visitar la ciudad de sus recuerdos, aquella que había abandonado cuando ninguna arruga atravesaba su rostro. Sin embargo, lo que halló no era lo que recordaba. En la neblina matinal, le costaba distinguir el paisaje a su alrededor. Ansiaba encontrarse con los robles y los fresnos que rodeaban las vías del tren; no obstante, lo único que pudo ver fueron cadáveres. Ni quince, ni cincuenta. Cientos de cadáveres por todos lados; hacia donde mirara, lo único que reconocía eran cuerpos apilados.


A pesar de las advertencias del  maquinista para que regresara, la mujer comenzó a alejarse cada vez más y más, como si un imán la atrajera hacia las pilas de muertos. Primero, se fue acercando con cierta dificultad; luego, fue adquiriendo mayor seguridad en sus pasos. Hasta que, finalmente, desapareció en la niebla y se reunió con ellos. Ella. O tal vez era él.

Imagen extraída de Pinterest


Revelación

Aquella mañana, cuando despertó, se dio cuenta de que ya no era el mismo. En ese mismo momento, supo que había estado viviendo todo ese tiempo la vida de otro. Así, con esa certeza, se preparó para vivir ese día y los que le seguían. Pero la realidad era que no podía, porque siempre había hecho todo de manera involuntaria, sin dejar lugar a los pensamientos. Muy abatido decidió volver a acostarse, así, cuando se despertara, podría pensar que aquella revelación habría sido solo un sueño.

Blackened

Auriculares. Música fuerte. Trato de entonar lo mejor posible la canción que escucho. ¿Me importa si suena mal? Caminatas de domingo por la noche. No es algo que solía hacer, pero hace un tiempo se volvió un rito. El horario que elijo es ese en el que las familias se preparan para la rutina de la semana y las madres empiezan a preparar la cena, los guardapolvos, las mochilas para sus hijos. Ese horario en el que vas a una plaza y te encontrás con el último paseo del día de los perritos de moda que viven en departamento. Porque los otros perros siguen paseando a su antojo, sin horario para volver a casa. Como yo.


Hoy no fue diferente. O sí. Algo lo hizo distinto. Caminando sumergida en el sonido de mi propia voz que intentaba seguir una letra, sentí que algo me rozaba la pierna, como si quisiera detenerme. No quería que yo siguiera avanzando, quería que mirara hacia abajo, que lo encontrara. Así hice. Y así lo vi. Dicen los que no saben que son de mala suerte. Negro, flaco, dócil. Empezó a llamarme con un tono alarmante. Creo que intentaba explicarme que quería una caricia. Obedecí, como hacemos todos ante ellos (porque tenés una idea equivocada si pensás que ellos te obedecen a vos). Nos conectamos unos segundos, segundos que alcanzaron para ese deseado intercambio. Después, nos despedimos en la esquina, ese lugar donde transcurren las despedidas. 

Ilustración de Kiyoshi Saito

viernes, 23 de octubre de 2015

Run like hell

4104 horas equivalen a 171 días, que a su vez equivalen a 5,7 meses: un cálculo matemático bastante simple, a decir verdad. El motivo principal de este cómputo es dar cuenta del tiempo que llevo perdido, en los últimos seis años de mi vida, viajando en transportes públicos; en su mayoría colectivos y trenes (el subte no es de mi agrado). A eso hay que sumarle los obstáculos diarios que debemos superar quienes utilizamos estos medios con frecuencia. El viaje no es una tarea fácil, sea cual fuere el horario en el que se efectúe. Tampoco podemos olvidar las leyes de Murphy que rigen nuestra vida cotidiana: “Lo que pueda salir mal, saldrá mal”. El viernes 9 de marzo del 2012 no fue la excepción a la regla.

En agosto del 2011 había sacado entradas para ir a ver The Wall, el recital que Roger Waters iba a realizar, en el estadio de River Plate, siete meses después. Ansiosa y un poco preocupada por no saber si iba a poder conseguirlas, las compré por Internet media hora después de que salieran a la venta. Quizás fue una acción un tanto apresurada teniendo en cuenta que la cantidad de shows se extendió a nueve; aunque los que sientan la misma pasión que yo, de seguro, no van a juzgarme por eso.

Unos días antes de la tan esperada fecha, la ansiedad llegó para quedarse. No podía pensar en otra cuestión que no fuera el espectáculo que iba a presenciar ni tampoco escuchar otro disco que no fuera el de Pink Floyd. Desde la mañana de ese mismo viernes, con quien iba a ser mi compañero de ruta, comenzamos a tejer estrategias sobre nuestro viaje. El recital iba a empezar a las nueve de la noche; sabíamos de la puntualidad inglesa del señor Waters, la cual respetaba a rajatabla como si se tratara del five o’clock tea. Queríamos llegar con tiempo para conseguir una buena ubicación, ya que nuestro presupuesto no nos había permitido sacar entradas para el campo vip.

Desde nuestro punto de partida, existían dos opciones para ir de la zona oeste a la zona este de la ciudad. Cálculos, mapas, trayectos. Al final, después de analizar las ventajas y desventajas, nos decidimos por la alternativa que creímos que iba a ser la más rápida. El estadio de River nos esperaba. Tomamos el colectivo 181 que nos dejó en la estación de tren de Ramos Mejía y ahí otro que nos llevó hasta la intersección de las avenidas Santa Fe y Juan B. Justo, el conocido Puente Pacífico. Una hora y media después estábamos cerca de nuestro destino final, pero todavía faltaba para llegar. La verdadera odisea recién se iniciaba.

Solo restaba tomar un colectivo más que nos llevaría hasta las puertas del estadio. Pero hubo algo que no habíamos considerado: el famoso embotellamiento. La ciudad era un verdadero caos. Los autos no avanzaban; los conductores hacían sonar sus bocinas, como si estas pudieran ayudarlos a recuperar los minutos perdidos; las sirenas de las ambulancias resonaban en nuestras cabezas; y la gente pululaba en las calles, como sabandijas que se multiplican rápidamente en un determinado lugar. La posibilidad de subirnos a un colectivo quedó descartada. Quisimos tomar un taxi que nos acercara lo máximo posible, pero también ese intento fue fallido. Los pocos taxistas que nos cruzamos se negaron a trasladarnos a esa parte de la ciudad.

Debíamos tomar una decisión, y tenía que ser rápido; solo faltaban cuarenta minutos para que las luces de River se apagaran y Roger Waters se presentara frente al público. Decidimos caminar las cuarenta cuadras que nos separaban del tan esperado show de la manera más veloz posible. Pero el clima no nos ayudaba, el húmedo verano de Buenos Aires aún no se había marchado, y eso sumaba otro impedimento a la travesía.
Nuestro escaso conocimiento de la zona, sumado a las falsas indicaciones de las personas consultadas, hizo que diéramos más vueltas de las necesarias y tomáramos el camino más largo. Cada cuadra caminada correspondía a una consulta a mi reloj. Y al ver que los minutos pasaban y que todavía quedaba mucho camino por recorrer, comencé a desesperarme. Pensé en la posibilidad de comprar una entrada para el día siguiente: por nada del mundo quería perderme el comienzo del espectáculo. Así, mientras casi trotábamos, mi cabeza iba imaginando distintas opciones.

Llegamos a la avenida Libertador, aún nos restaban algunas cuadras. Necesitábamos averiguar por dónde nos correspondía ingresar. Nuestros tickets eran para la general (normalmente conocida como la popular) y no todos entrábamos por el mismo lugar. Después de consultar con la gente de seguridad, nos dirigimos a la puerta indicada. Cuando estábamos a unos doscientos metros de distancia, comenzamos a escuchar los aplausos de las personas que ya estaban adentro. Entonces sí empezamos a correr a toda velocidad, ya que creíamos que todos nuestros intentos de llegar a tiempo habían sido en vano.

Subimos —todavía corriendo— los cien metros de escalera que nos separaban de nuestra ubicación y, cuando llegamos al último escalón, nos faltaba el aliento. Ninguno de los dos estaba en óptimo estado físico para finalizar con dignidad el itinerario. Para nuestra tranquilidad Waters aún no había salido a escena. Nos ubicamos en el único lugar disponible que quedaba, ya no teníamos mucho para elegir.
Menos de cinco minutos después, las luces del Monumental se apagaron y el tema “In the flesh” comenzó a sonar en nuestros oídos. De ahí en más ya no hay mucho para contar: magia pura que contrarrestaba cualquier mala experiencia de viaje. Lo que pueda salir mal, quedará para otro día.




jueves, 22 de octubre de 2015

De desconexiones y otras cosas

Miércoles, 12:30 del mediodía. Salís rumbo al trabajo con un poco de apuro, para variar. Querés cargar la SUBE: primer intento, fallás; segundo intento, lo lográs (no todo está perdido). Cruzás corriendo la avenida, no por entusiasta, sino porque ves que se aproxima uno de los tres bondis que te tomás para dejar el conurbano y llegar a destino. Te sentás, abrís el bolsillo de la mochila y te das cuenta de que no está, te lo olvidaste. ¿Volvés? ¿Seguís? Te hacés esas preguntas durante unos segundos; segundos que terminan siendo cuadras, muchas cuadras, por eso optás por continuar. Sacás los auriculares y comenzás tu viaje musical. También sacás ese libro de Stephen King que te viene acompañando hace, más o menos, un mes (más de 1000 páginas están demorando la lectura).

Subís, bajás. Subís, bajás. El nuevo recorrido te sorprende y llegás 20 minutos antes (milagros inesperados para los que vivimos de este lado de la General Paz). Buscás un lugarcito en el parque donde esté calentando el sol y, mientras escuchás al señor Minimal, disfrutás esos últimos instantes de libertad intentando algo comúnmente denominado cantar.

Transcurre tu día laboral (niños, clases, sobres para pegar y entregar; más niños, más clases, más sobres para pegar y entregar) y, en algún rincón de tu cabeza, recordás que te falta algo. ¿Te falta algo?

Se termina tu jornada. La primera parte del regreso al Oeste la compartís con tu amiga y con su última adquisición: una edición extragrande de En busca del tiempo perdido (Marcel Proust, are you talkin’ to me?). En el último tramo, retomás el capítulo que había quedado sin terminar mientras el inglés canta: “I’m human and I need to be loved just like everybody else does”.

Llegás a tu casa, saludás a tu perro, intentás lo mismo con tu gata (no lo conseguís, nunca actúa según lo esperado) y sobre la mesa lo encontrás. Sí, ahí lo habías dejado. Ahí estuvo todo el día… Hola, celular. A veces, olvidarte está muy bien.