miércoles, 1 de agosto de 2018

Just


¿Son las manos? ¿O es la manera en la que hablan?
¿Es la voz? ¿O es el sonido que transmite?
¿Son los ojos? ¿O es lo que cuesta ver detrás de ellos?
¿Son los pies? ¿O es el movimiento único que hacen al desplazarse?
¿Es el silencio? ¿O es lo que él dice?
¿Es la risa? ¿O es el placer de tocarla?
¿Es el abrazo? ¿O son las palabras que quedan aplastadas?
¿Es la música que suena? ¿O es la que sentimos?
¿Es lo que somos? ¿O es lo que no queremos ser?

¿Vos sabés? Yo no lo sé. No importa... 
Es eso. Y también es lo otro.
Es lo presente. Y también es lo que se fue.
Solo eso. Es. ♥

lunes, 1 de mayo de 2017

We can be heroes...

“La extraño. Todas las noches tengo que tocar debajo de la frazada para darme cuenta de que no está”, me dijo y se largó a llorar.

Setenta y ocho años, eso es lo que dice su antigua libreta de enrolamiento. Setenta y ocho años, de los cuales cuarenta y cinco pasó junto a la misma mujer: mi mamá; dos hijos, dos nietas y una gata; una casa, que ahora es solo de él y que cada día le parece más grande; una enfermedad neurológica que lo hace depender de los demás mucho más de lo que él quisiera.

Hombre fuerte, valiente, que siente pudor por mostrar debilidad frente a mí; se supone que él tiene que protegerme, aunque, en realidad, los dos sabemos que los roles se invirtieron hace muchos años.

Lágrimas, guardadas por demasiado tiempo, tapan esos ojos celestes, llenos de bondad. Se escucha un ladrido en el patio, él me mira y me dice: “Menos mal que te tengo a vos”. Y yo lo abrazo y trato de recordar al héroe que alguna vez fue. Y también lloro; lloro por él, por mí y por lo que ya no es. 


"Héroes" - Los 7 delfines

lunes, 17 de octubre de 2016

Not guilty

Doce años tiene. Sale de su casa para ir a su primera clase de inglés. Lleva puesto el jardinero rayadito que le regalaron para Navidad, ese que tanto le gusta. Está nerviosa. No conoce a sus compañeros, no conoce a su profesora. Eso es todo lo que le preocupa. Todo lo que tiene que preocuparte a esa edad. A la vuelta de la casa, frena un auto en la esquina. La vereda es angosta, muy angosta. Antes de que ella se acerque, el hombre que maneja se asoma por la ventanilla y le pregunta cuál es la avenida Alvear. Ahora le preocupa otro tema: enviarlo en la dirección correcta. No es buena con la ubicación ni con los nombres de las calles; de eso se encarga su papá, él sí que sabe. Pero ahí no está. ¿Y si se equivoca y lo manda para el lado equivocado? Está pensando en decirle que no está segura, que le parece que queda cinco cuadras más adelante. Pero, entonces, se le quedan todas las palabras atragantadas. El hombre que está en el auto abre la puerta, y ella se da cuenta de que está desnudo, de que se bajó sus pantalones y su ropa interior. Y sale corriendo. La única cuadra que le falta le parecen diez, siente que nunca va a conseguirlo, que el hombre la va a alcanzar. Se siente como el ratoncito que huye del gato, ese de los dibujitos animados que mira por la tarde. Se da vuelta y el auto rojo no está. El hombre tampoco. Larga el miedo contenido y se pone a llorar. Pero enseguida se seca las lágrimas porque no quiere que la vean así, le da vergüenza. Le da vergüenza que le pregunten por qué llora y tener que explicar algo que ni ella entiende. Además, siente culpa. ¿Qué fue lo que hizo para que ese hombre actuara así?

“Culpa: hecho de ser causante de algo”. Eso es lo que quieren que sientas cuando se excusan por medio de frases como “por algo le pasó”, “seguro estaba provocando”, “no exageres, al final no se les puede decir nada”. No. Vos no sos “causante de algo”. Nadie tiene derecho a decidir sobre tu cuerpo. Nadie tiene derecho a decidir por vos. No importa la edad, no importa el sexo.

Algunos, como ella, lo pueden contar. Muchos, no. ¿Realidad? ¿Ficción? ¿Moda? ¿Exageración? Vos elegís ver lo que querés ver y pensar lo que querés pensar. 


domingo, 3 de julio de 2016

¿Conectados?

El mismo mensaje se repite:

“No pude dormir. Me llamaron del trabajo. Tuve que volver”.
Artista: Jean Jullien
Ella no puede apartar la vista de la pantalla. Lo sabés porque la estás observando. Es más, vos también leés el mensaje una y otra vez. Y te resulta una tarea imposible dejar de mirar ese rectángulo brillante. Advertís cómo ella hace movimientos ascendentes y descendentes con su pulgar, como si en esa simple acción se encontrara el secreto para poder recibir la explicación que le falta.

¿Qué pudo haber pasado para que se fuera así? ¿Qué es lo que no puede contarme? ¿Por qué elige esas tres breves oraciones para resumir la historia? Y los fantasmas aparecen sin que nadie los haya llamado. ¿Me está mintiendo? ¿Realmente volvió al trabajo o está yendo a otro lado? ¿Por qué sigue apareciendo “en línea”, pero no me responde? ¿Con quién habla? ¿Tiene tiempo para “charlar” con alguien más, pero no conmigo?


Y notás que se inquieta, que la ansiedad está ganando la partida. Punto para ese sentimiento que tanto nos cuesta manejar. Le empieza a escribir. Se arrepiente y lo borra. Porque esa es la ventaja de estar escondidos detrás de la pantalla. Pensar, repensar; escribir, borrar y escribir otra vez. El círculo se repite, interminables veces. Hasta que no aguanta más y le pregunta: “¿Con quién estás hablando?”.

Y vos pensás que, quizás, del otro lado hay una persona que tan solo no tuvo la posibilidad de responder con la inmediatez que se le exige, que se nos exige en estos tiempos en los que, paradójicamente, estar conectados nos desconecta aún más. 



Año Nuevo

La llevaron en la silla de ruedas, de eso sí se acuerda. Pero ¿quién es toda esa gente que la rodea? ¿Qué celebran? No sabe si los conoce, si en algún momento formaron parte de su vida. Cree que la mujer de pelo corto que está sentada frente a ella es su hermana. Tiene un efímero recuerdo. Se dirige con la mirada hacia esa mujer que le pregunta: “¿Estás contenta, mamá? ¿Viste qué felices están todos de compartir Año Nuevo con vos?”. Y no sabe qué responder. Porque se estaba aferrando a una memoria incorrecta. Otra vez falló. No entiende. ¿Quién es ella en verdad?

Una chica le sonríe, se acerca y le dice que es la bisnieta. ¿Acaso ella tuvo hijos alguna vez? ¿Estuvo casada? ¿Se amaron y fueron felices como en los cuentos que leía en su infancia? Porque de eso también se acuerda: los bellos años de la niñez. Su hermana y ella corrían por el campo, perseguían gatitos para poder sentir el contacto con su pelo suave. Siempre se sintió atraída por esos animales tan libres, tan independientes…

Imagen extraída de Pinterest

La suben de nuevo a la silla de ruedas. La van a llevar en auto. ¿A dónde? No sabe, pero tampoco quiere. Una voz interior le grita que ahí es donde tiene que quedarse, que ahí es donde pertenece. Y después de horas, rompe el silencio: “Yo me quedo acá”. Pero la jovencita amable que fue a buscarla trata de explicarle que su deseo no puede ser concedido. Entonces, como la niña que solía ser, se encapricha y no quiere subir. Eleva la voz. Se enoja. Llora. Exige. Quiere patalear, pero no puede. Y, de repente, se siente muy cansada para seguir luchando y se da por vencida.


La despiden, le prometen volver pronto, y ella sabe que de eso también se va a olvidar. Pero también sabe que es lo mejor, porque las promesas no siempre se cumplen y ya no quiere vivir de la ilusión.


sábado, 30 de enero de 2016

¿Fobias?

Con el paso de los años, se dio cuenta de que lo peor no era tener que matarlas. No. Lo peor era creer que las había matado, pero que ellas siguieran moviendo sus antenas minutos, inclusa horas, después de haber sido aplastadas.

Imagen extraída de http://josantonius.blogspot.com.ar/


"La cucaracha" - Lila Downs

lunes, 16 de noviembre de 2015

¡Apagá!

Relajo, o eso es lo que creo. Intento. Sigo intentando. Ese ejercicio de vocalización no puede ganarme. No se lo puedo permitir. Si es solo eso: un ejercicio. Trato de dar lo mejor de mí, como siempre, aunque creo que, a veces, puede ser un problema. Lo pienso. Pero no tendría que pensarlo, solo tendría que hacerlo. Al fin y al cabo, producir sonidos con la voz no es para pensar, sino para sentir. Pero no puedo evitar racionalizar cada cosa que hago. Shit! “Te juro que lo estoy intentando”, digo. No sé si del otro lado me creen, pero me tienen paciencia. Quiero ponerme a patalear, ganas no me faltan. Pero hace años dejé de hacerlo. Además, no quiero que el adulto a mi lado se asuste con mi accionar. Ahí voy, una vez más, esta vez me sale… seguro. Me lo digo a mí misma, pero también lo digo en voz alta, como para convencerme. Failed! La paciencia se me está terminando (en realidad, te miento si te digo que la tengo; la ansiedad es lo que me caracteriza). Ahora sí. Basta. Quiero agarrar mi bolsito y que toda esta farsa se termine. Pero después me acuerdo de que son solo 60 minutos, entre horas y horas de rutina semanal, que logran sacarme de cualquier realidad y darme un ratito de, lo que yo considero, felicidad. “¡Apagá la mente ya!”, interviene el adulto que me acompaña cuando se da cuenta de  mi lucha interna. Y cuánta verdad encierran esas cuatro palabras. Le hago caso, de manera instantánea. Ahí va… ahí voy. Done! Esta vez no pudiste conmigo, querida razón.  

Imagen extraída de Pinterest